Los vestigios del ayer,
que nos hablan de lo que ya no está,
nos recuerdan que la vida es efímera,
que el tiempo no se puede detener jamás.
La tristeza de la existencia,
que a veces nos ahoga el alma,
es la sombra que siempre nos acompaña,
en la oscuridad de la noche y del alba.
Es el eco de un tiempo ya pasado,
que nos hace sentir pequeños e inútiles,
y aunque a veces quisiéramos olvidarlo,
los recuerdos son la llama que no se extingue.
Pero es en la tristeza donde encontramos,
la luz que nos hace ser humanos,
es en la oscuridad donde aprendemos a brillar,
a pesar de las lágrimas que nos hacen temblar.
La sombra que nos envuelve,
es también la lluvia que nos nutre,
es la fragilidad que nos hace fuertes,
y el dolor que nos hace amar más fuerte.
Porque en la tristeza encontramos la belleza,
de la fragilidad de la existencia,
y aunque a veces queramos olvidarla,
nos hace recordar que estamos vivos y presentes.
Así que dejemos que la tristeza nos abrace,
y nos lleve a lugares donde no hemos estado,
y aunque a veces nos haga llorar,
nunca dejemos de amar y de abrazar.


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